Entradas

Yo soy Martín - Arturo Uslar Pietri

Mi cita es a las once del día, pero quiero llegar con anticipación. Voy subiendo por la empinada cuesta de la esquina del Cují, con calor y cansan­cio. La acera está invadí da por automóviles estacionados. Hay que avanzar en fila india entre las paredes y las carrocerías. Entre el gentío que sube y baja por el estrecho pasadizo abierto. Deteniéndose para dar paso, como las hormigas en su vereda. Veo espaldas, caras, sombreros, peinados de mujer, voces de niños. Nos apretujamos, nos tropezamos, nos cruzamos. Pasa uno frotando los parafangos de los automóviles, hacinados en fila como grandes insectos muertos. Huele a motor y a aceite quemado. Delante de mí va un cargador con una caja de cartón sobre la cabeza. Estoy tan cerca que siento por ráfagas su acre sudor. Yo también sudo. Siento que me corren culebri­llas de sudor por la espalda y por la frente. Tendré tiempo de reposar un poco en la antesala antes de que me reciba el señor Jonás. La que el hom­bre lleva sobre la cabeza es una …

Otra cara, otro nombre - Uslar Pietri, Arturo

Fue al final cuando decidió ponerse el bigote. Se vio en el espejo y era evidente que le faltaba. Era un pequeño bigote corto, negro y algo ralo, que había comprado hacía tiempo. Tal vez fue en el Carnaval. Le costó trabajo fijarlo con el colodión. Estaba muy cerca de la nariz y el olor penetrante le cortaba el aliento. y hasta le producía un pequeño mareo. A medida que cambiaba la raya del peinado, que adelgazaba las cejas, que ponía una sombra tenue bajo los ojos, dejaba de ser él en el espejo. Ahora sí tenía otra cara. ¿La cara de quién? En todo caso no era la suya. No era aquella de todos los días, con la barba descuidada, la melena revuelta y aquellos ojos demasiado abiertos, con demasiado blanco. Ahora tenía el rostro rasurado y preciso. Hasta se le veía la nariz menos grande y la frente más estrecha junto al cabello bien peinado. Para completar se puso los anteojos negros. Ya no era él aquel rostro que asomaba en el espejo. Un extraño, un desconocido, un intruso inquietante ap…

Cómo se pasa al lado - Julio Cortázar

Los descubrimientos importantes se hacen en las cir­cunstancias y los lugares más insólitos. La manzana de Newton, mire si no es cosa de pasmarse. A mí me ocurrió que en mitad de una reunión de negocios pensé sin saber por qué en los gatos -que no tenían nada que ver con el orden del día- y descubrí bruscamente que los gatos son teléfonos. Así nomás, como siempre las cosas geniales. Desde luego un descubrimiento parecido suscita una cierta sorpresa, puesto que nadie está habituado a que los teléfonos vayan y vengan y sobre todo que beban leche y adoren el pescado. Lleva su tiempo comprender que se trata de teléfonos especiales, como los walkie-tal­kies que no tienen cables, y además que también noso­tros somos especiales en el sentido de que hasta ahora no habíamos comprendido que los gatos eran teléfonos y por lo tanto no se nos había ocurrido utilizarlos. Dado que esta negligencia remonta a la más alta antigüedad, poco puede esperarse de las comunicaciones que logremos establecer a…

Las señales - Adolfo Luis Pérez Zelaschi

Estaba por fin ahí, como el rostro de un destino antes descifrable y ahora revelado: un hombre de piedra (el som­brero sobre los ojos, casi palpable la pesada pistola), pero atentísimo a las próximas señales del estrago. Ese hombre ahí significaba que todos los plazos se habían cumplido; que él, Manolo, pronto sería el cadáver de Manuel Cerdeiro, llorado por su mujer, recordado durante un tiempo por alguno de sus paisanos y por sus parroquianos sólo hasta que otro (desde luego gallego, recio, petiso, velloso y cejudo) lo sustituyera en el mostrador del bar «La Nueva Armonía». Ahora, frente a esta muerte enchambergada, comprendía con claridad por qué los vecinos lo miraban con piedad y por qué sus palabras tenían dejos de lástima constante: -¿Qué tal, Manolo? -la conversación solía comenzar así. -Trabajando, ya lo ve. -Es la vida del pobre. Y... ¿más sereno ya? -Sí... pero hablemos de otra cosa. Pero ellos nunca querían hablar de otra cosa, sino de aque­lla por la cual el barrio   -…

El secreto de maese Cornille - A. Daudet

Francet Mamat, viejo tocador de pífano, que viene de cuando en cuando a pasar la velada conmigo bebiendo vino cocido, me contó la otra tarde un pequeño drama de aldea del que fue testigo mi molino hace unos veinte años. El relato del buen hombre me conmovió y voy a intentar repetirlo tal como lo escuché. Imaginaos por un momento, lectores queridos, que estáis sentados ante un jarro de vino perfumado y que es un viejo to­cador de pífano el que os habla. Nuestro país, mi buen señor, no ha sido siempre un lugar muerto y sin cantares como ahora. Antes había en él gran comer­cio de molienda, y, en diez leguas a la redonda, las gentes de las masías nos traían a moler su trigo. Todo alrededor del pueblo las colinas estaban cubiertas de molinos de viento. A derecha y a izquierda, sobre los pinos, no se veían más que aspas que giraban con el mistral, recuas de asnillos cargados de sacos, subiendo y bajando a lo largo de los caminos; y durante toda la semana daba gusto oír en lo alto el resta­…